Wyatt tiene 6 años y un corte de pelo, para él, nunca fue algo sencillo.
Los niños con autismo suelen sentirse abrumados por el ruido, el roce y la quietud que exige una silla de barbero. Wyatt no se queda sentado. Camina por el local, se detiene, a veces se recuesta en el piso. Su madre, Fauve Lafrenière, lo lleva a la barbería de Francis “Franz” Jacob, en Rouyn-Noranda, Quebec, desde el día en que abrió, hace dos años.

En lugar de pedirle al niño que se adaptara, Franz se adaptó a él. Compró una máquina inalámbrica para poder seguirlo sin ataduras y, cuando hizo falta, se acostó en el suelo para seguir cortando. Una foto de esa escena se compartió por todo internet la semana pasada, y Franz, de 45 años, confiesa que no esperaba tanta atención.

Para él no es un gesto aislado. Atiende a otros niños con autismo y necesidades especiales, y puede tardar hasta 90 minutos en un solo corte. “No hay lágrimas, no hay gritos. Lo disfrutamos juntos”, cuenta. También afeita a personas en sus últimos días que quieren verse bien una vez más. Corta pelo desde los 12 años y hoy tiene fila en la puerta cada mañana, con clientes que manejan tres o cuatro horas para sentarse en su silla.

