Un mensaje de texto bastó para encender la mecha. Algún influencer pidió tragos gratis a cambio de “visibilidad” y, al recibir un no, dejó entrever que la reseña no sería amable. Los dueños de bares y restaurantes ya se cansaron de eso.

En Estados Unidos, Reino Unido y buena parte de Europa, el fenómeno se repite. Creadores de contenido que graban sin permiso, interrumpen el servicio y molestan a otros clientes solo para conseguir su toma perfecta. Algunos locales optaron por carteles disuasorios en la puerta; otros fueron más lejos y expusieron públicamente las capturas de esos pedidos incómodos.

El mundo cervecero, que parecía ajeno a la moda de las redes, también puso freno. Festivales y fábricas ya limitan el acceso a quienes buscan más una foto para su perfil que conocer el trabajo detrás de cada copa. Y crece otra sospecha: guías y críticas de lugares que, en realidad, nunca fueron visitados.

