Florence ya no podía dormir sola. El dolor era tan fuerte que su mamá, Anna Chattaway, tenía que sostenerla en posición vertical durante la noche para que pudiera descansar.

La niña tenía un año y el vientre cada vez más hinchado. Según cuenta Anna, en el consultorio de su médico de cabecera les dijeron que era estreñimiento y les recetaron laxantes. Durante tres semanas tuvo que dárselos aunque la pequeña lloraba de dolor y nada cambiaba. Según la madre, al menos seis veces la tranquilizaron con la misma explicación y en un momento un médico llegó a decirle: “No creemos que sea cáncer”.

Anna, psicóloga clínica de Stourbridge, en Inglaterra, no se conformó. Exigió un análisis de sangre y salió alterado. Fueron derivadas de inmediato al hospital, donde otro médico le tocó la barriga y notó que no eran heces, sino bultos. Era neuroblastoma: un tumor de 30 cm que pesaba 2 kilos en una niña de apenas 13.

La operaron al día siguiente de saberlo y empezó la quimioterapia, la cirugía para sacar casi todo el tumor y cinco ciclos de inmunoterapia. En abril, sus padres recibieron la noticia que esperaban: el tumor había dejado de avanzar. Hoy Florence tiene dos años y, según su madre, es una niña muy feliz.
