Robyn pesaba 328 gramos al nacer, un tercio de una bolsa de azúcar. Nació en Newport, Gales, a las 23 semanas y dos días, tan pequeña que cabía en la palma de una mano. Los médicos la envolvieron en una bolsa de sándwich para que sus órganos no perdieran calor mientras un ventilador respiraba por ella.

Durante meses, Chantelle y Daniel se turnaron en jornadas de 12 horas junto a su cama en el Grange Hospital y luego en el Noah’s Ark Children’s Hospital de Cardiff.

Robyn superó sepsis, 16 transfusiones de sangre y decenas de episodios donde dejó de respirar. “No sabía si cada respiración sería la última”, contó su madre. Aun así, llegó a su primer cumpleaños pesando 7 kilos, rodeada de globos y del amor de una familia que nunca la soltó.

Meses después, tras 558 días internada, Robyn finalmente volvió a casa. Pero el 2 de noviembre de 2024, con apenas un año y siete meses de vida, se despidió para siempre.

Su historia quedó como recordatorio de cuánto puede resistir un corazón diminuto, y cuánto puede amar una familia que jamás dejó de creer en ella.
