Benedicto tenía 91 años y estaba en una unidad de terapia intensiva en Brasil. Los médicos no contaban con que resistiera. Pero él tenía algo pendiente.

Durante varios días se aferró. No a la vida por sí misma, sino a ese momento que aún no había llegado: volver a ver a su esposa. Cuando ella entró a la habitación, Benedicto se llevó las manos al rostro. Y con la voz que le quedaba, le dijo: «Hola, mi amor». Unos segundos después, se fue.

Su sobrina grabó y publicó el video, que se viralizó en todo el mundo. No es difícil entender por qué. Porque hay algo en esas cuatro palabras —dichas así, con todo— que te recuerda para qué sirve realmente estar vivo. ❤️

