
Bronson Battersby tenía dos años y estaba solo en una casa de Skegness, Inglaterra, con el único acompañante posible: el cadáver de su padre. Kenneth Battersby, 60 años, sufrió un ataque al corazón el 29 de diciembre de 2023 mientras sostenía a su hijo en brazos. Alcanzó a dejarlo en el suelo antes de desvanecerse. Desde ese momento, el niño quedó encerrado, sin comida, sin agua, sin nadie. Solo Skylar, el perro bóxer de la familia, que tampoco podía abrirle la puerta.
Los servicios sociales tenían la obligación legal de visitar ese hogar: Kenneth estaba catalogado como persona vulnerable. Fueron el 2 de enero. Llamaron. Nadie abrió. Se fueron. Volvieron el 4 de enero. Llamaron. Nadie abrió. Se fueron. Solo en la tercera visita, el 9 de enero, una trabajadora social pidió a la casera las llaves y entró. Encontró a Bronson acurrucado junto a la pierna de su padre. Los dos, muertos.
Una vecina declaró que en la madrugada del 1 de enero escuchó a un niño repetir “papá, papá” como intentando despertarlo. La madre, Sarah, acusa directamente a los servicios sociales. ¿Y la justicia?
