Antes de que el mundo conociera su cara en Reservoir Dogs o The Sopranos, Steve Buscemi ya había salvado vidas.
Tenía dieciocho años cuando tomó el examen para entrar al cuerpo de bomberos de Nueva York. Sirvió cuatro años en el Engine Company 55, en pleno Little Italy, antes de colgar el casco y perseguir la actuación.

Pasaron quince años. Buscemi ya era una cara reconocida en el cine, alguien que podía caminar por cualquier calle de Manhattan y que la gente se dé vuelta a mirarlo. Pero cuando la ciudad quedó herida, no pensó en las cámaras.
Volvió a su viejo cuartel. Sus excompañeros, algo recelosos al principio, lo dejaron sumarse. Trabajó turnos de doce horas junto a ellos, entre los escombros, buscando lo que ya no se podía encontrar.

“Me sentí privilegiado de poder estar ahí y ayudar”, dijo años después. Cinco bomberos de su antiguo cuartel no volvieron esa noche. Uno era su amigo.
Buscemi nunca dejó de ser bombero. Solo cambió de turno.

