Existen realidades que resultan tan difíciles de digerir que parecen extraídas de una película de horror distópico. Sin embargo, en los barrios marginales de Manila, la capital de Filipinas, el horror se sirve caliente y en un plato de plástico.
Su nombre es Pagpag, una palabra en tagalo que significa literalmente “sacudir el polvo o la suciedad”, y que hoy le da nombre a una industria alimentaria clandestina, morbosa y letal que alimenta a las familias que viven en la pobreza más extrema.

Mientras el mundo desperdicia toneladas de comida diariamente, miles de personas en los suburbios de Tondo sobreviven gracias a un menú compuesto exclusivamente por los desperdicios masticados de los demás.
El ciclo de producción del Pagpag comienza a altas horas de la noche, cuando los recolectores de basura oficiales y los trabajadores informales acuden a los contenedores de las grandes cadenas de comida rápida.
La cosecha de desechos: Bolsas de basura repletas de huesos de pollo sobrantes, restos de carne y hamburguesas a medio morder son extraídas y amontonadas en el suelo de los vertederos.
La clasificación manual: Hombres, mujeres y niños escarban entre pañales usados, plásticos y restos orgánicos en descomposición para rescatar cualquier pedazo de carne que aún tenga algo de tejido pegado al hueso.


Una vez recolectada, la carne entra en una fase de “higienización” artesanal que desafía cualquier norma médica elemental. Los trozos de pollo son lavados minuciosamente en baldes de agua para retirarles la ceniza, la tierra, las moscas e incluso el veneno para ratas común en los basureros.
“Es una aberración que en el mismo planeta donde los millonarios viajan al espacio, un niño tenga que comerse el pollo que otra persona ya escupió en la basura para no pasar la noche llorando de hambre”, criticó con dureza una usuaria en un comentario que superó los miles de compartidos.


Por otro lado, algunos internautas analizan el problema desde un punto de vista puramente biológico: “Es impresionante la resistencia que ha desarrollado el sistema inmunológico de estas personas. Cualquier turista moriría a las dos horas de probar un bocado de eso”.
El Pagpag es el reflejo más crudo de un sistema roto, donde la línea entre el desecho de un consumidor y la cena de un niño se ha borrado por completo.
