Charlotte tenía cuatro años cuando recibió su primer implante coclear.

Su padre, Alistair Campbell, quiso que el cambio no la hiciera sentirse diferente. Tres días después de la operación, en Nueva Zelanda, se rapó y se tatuó la imagen del dispositivo que ella llevaba. Según el artículo de HuffPost España, publicado el 6 de agosto de 2015, lo hizo por amor y para que Charlotte no se sintiera distinta.

Con sordera profunda en el oído izquierdo, Charlotte se rio, tocó el tatuaje y dijo que era «guay». Anita Campbell, su madre, también aparece en el relato. Alistair no podía vivir la experiencia por ella, pero encontró una forma de acompañarla: llevar en la cabeza una señal visible de que no estaba sola. A veces, el apoyo no borra una diferencia; cambia la manera de atravesarla.

