Christopher Reeve tenía 42 años y el cuerpo que el mundo asociaba con volar.


El 27 de mayo de 1995 compitía en una prueba ecuestre en Culpeper, Virginia, cuando su caballo, Buck, frenó en seco ante un salto de triple barra. Reeve cayó de cabeza. Se fracturó las vértebras C1 y C2, la médula quedó seccionada y, desde ese instante, no pudo mover nada del cuello hacia abajo ni respirar por sí mismo. Según Infobae, los médicos no creían que sobreviviera.


A los pocos días, ya despierto, le dijo a su esposa Dana Morosini que no quería seguir viviendo, que no quería ser una carga para nadie. Ella no aceptó esa despedida. Le respondió que el hombre que tenía delante era él y que lo seguía amando, según relatan las crónicas basadas en sus memorias. Se quedó a su lado.


Reeve vivió nueve años más. En 1999 fundó, junto a Dana, una fundación para financiar la investigación de tratamientos de lesiones medulares. Murió el 10 de octubre de 2004, a los 52 años.
