En 1992, un hecho ocurrido en la parroquia Santa María de Buenos Aires despertó atención y debate en el ámbito religioso cuando una hostia, que había sido colocada en agua para su disolución, presentó una apariencia similar a tejido orgánico.

El material fue conservado durante años y, tiempo después, por iniciativa del entonces cardenal Jorge Bergoglio, se enviaron muestras a Estados Unidos para su análisis forense.

Según los informes, los estudios concluyeron que se trataba de tejido miocárdico humano con glóbulos blancos intactos y señales de actividad celular, además de evidenciar un estado de estrés intenso comparable al que se observa en situaciones de sufrimiento agudo, resultados que generaron asombro y continúan alimentando interrogantes más allá de las explicaciones científicas convencionales.

