Tomás Corrales lidera un equipo en la Universidad Técnica Federico Santa María que llevaba tiempo buscando una respuesta distinta para las heridas que no cierran.

La encontraron en algo tan simple como la miel de ulmo, ese recurso que crece en el sur de Chile y la Patagonia. Con nanotecnología y electrohilado, la convirtieron en una membrana transparente que libera sus propiedades poco a poco sobre la piel lastimada, imitando el tejido humano en vez de solo cubrirlo. La probaron contra la miel de Manuka de Nueva Zelanda, la más reconocida del mundo en medicina, y la de ulmo resultó igual o mejor para regenerar fibroblastos humanos.

La diferencia de precio es la que termina de contar la historia: un kilo de miel de ulmo cuesta cerca de 6 dólares, frente a los 400 dólares que cuesta un kilo de Manuka. Una solución nacida en el sur de Chile podría llegar pronto a quienes más la necesitan.

