Si no está en Strava, no sucedió. Esa es la regla no escrita de la aplicación, y alguien decidió convertirla en negocio.
Se les llama las “mulas de Strava”: corredores de buen nivel que cobran por completar entrenamientos con la cuenta personal de otra persona. El cliente no tiene tiempo, está lesionado o simplemente quiere aparentar un rendimiento que no tiene. Resultado: métricas avanzadas y diplomas virtuales sin dar un solo paso.

El servicio ya circula por Instagram y X, y las tarifas dependen de la distancia, del ritmo exigido y de lo difícil que sea el trayecto. Van desde un euro por kilómetro hasta encargos a medida que superan las 200 libras por completar la distancia de un maratón.

Pero hay un problema: Strava recuerda que las credenciales son estrictamente personales e intransferibles. Falsificar identidades o compartir cuentas puede costar la suspensión inmediata, para proteger el esfuerzo legítimo del resto de atletas.
