Si llevas a tu perro al veterinario y este sale con botones cosidos en la oreja, lo primero que pensarías es: “¿Qué barbaridad le acaban de hacer?”


Pues déjame decirte que no lo es. Al contrario, esto podía salvarle la vida. Los veterinarios encontraron esta respuesta para un problema más común de lo que imaginamos: el otohematoma. Pasa cuando el perro se rasca tanto o sacude tanto la cabeza que revienta una vena dentro de su oreja, y la sangre queda atrapada entre la piel y el cartílago, formando una bolsa caliente y pesada.
Las razas de orejas largas y caídas, como el Cocker Spaniel, el Basset Hound o el Labrador, son las más propensas.

Si no se trata, esa sangre se endurece y la oreja se deforma para siempre, la llamada oreja de coliflor. Por eso, bajo anestesia, el veterinario drena el líquido y cose la oreja de lado a lado, usando botones para repartir la presión y que el hilo no corte la piel. En dos o tres semanas los retiran y la oreja sana como si nada. Lo que nunca debes hacer es tocarla, exprimirla o esperar a que baje sola: duele, y hasta el perro más tranquilo puede morder.
