Una botella que ibas a tirar a la basura pudo terminar convertida en el aroma de una galleta.

Investigadores ligados a la Sociedad Química Estadounidense tomaron tereftalato de polietileno, el PET con el que se fabrican casi todas las botellas de bebidas, y lo descompusieron mediante procesos biológicos hasta llegar a sus moléculas más básicas. De ahí surgió vainillina, el compuesto que le da a la vainilla su aroma característico. Con eso horneraron una galleta real, con sabor real, aunque nadie estuvo masticando plástico: el material cambió por completo antes de llegar al horno.

La técnica todavía está en fase experimental, pero ya despierta preguntas más grandes: podría servir para alimentar astronautas en misiones donde cada gramo de comida pesa y ocupa espacio, o para reciclar residuos en lugares aislados donde nada se puede desperdiciar. Lo que hoy es una galleta curiosa, mañana podría ser parte de la solución contra la escasez de alimentos.

