El padre Adrian volvió al altar con la cabeza vendada.

Dos días después del ataque con cuchillo en el monasterio benedictino de Jarosław, Polonia, celebró la misa del sábado. Un sacerdote había muerto y otras cuatro personas habían resultado heridas.


“Como discípulo de Jesucristo, quiero decir en mi nombre, en el de Marek y en el de Stanisław, que perdonamos. No respondamos mal con mal, perdonamos y pedimos oración por nuestro agresor”, dijo.

También afirmó: “El mal que ocurrió en nuestra abadía debemos vencerlo con amor y perdón”.

Su homilía incluyó además un llamado a no culpar al pueblo ucraniano por los actos de una persona.
La venda seguía allí; sus palabras, en cambio, apuntaron más allá de la herida.
