Imagina la escena: un cadáver lleva días o semanas en descomposición, y sus dedos ya no tienen la piel firme que necesitas para tomar una huella normal.
Ahí entra el perito, con guantes de látex y pulso firme, retira con cuidado la epidermis suelta de cada dedo del fallecido, como quien pela una fruta madura.
Esa piel, delgada y flexible, conserva algo que el resto del cuerpo ya perdió: las crestas papilares intactas.
Entonces viene la parte que pocos imaginan, el especialista desliza su propio dedo dentro de esa piel ajena, como si se calzara un guante hecho de otra persona. La presiona sobre tinta, la marca en una ficha, y ahí aparece la huella que puede devolverle el nombre a alguien que ya no tiene rostro.
Se usa en cuerpos quemados, momificados o muy descompuestos, cuando ningún otro método funciona.
Un contacto directo, incómodo, casi íntimo con la muerte — pero que ha permitido identificar a víctimas que de otra forma quedarían para siempre sin nombre.




