
Concha nunca vendió un pan, pero mandaba en esa panadería desde hacía ocho años.
Dormía en su rincón junto al mostrador mientras Doña Lupe despachaba, y el barrio entero lo sabía: mucha gente entraba más por darle un cariñito que por el pan fresco. Hasta bromeaban con que iban a ver a Concha, no a comprar conchas. Pero hace unos días no se levantó de su silla. Doña Lupe la llevó corriendo al veterinario, aunque su corazón, cansado ya por la edad, no dio más.
Lo que pasó después fue lo que nadie esperaba: un vecino puso una flor sobre la silla vacía, otro trajo una foto, y en horas el asiento se llenó de arreglos florales. Doña Lupe decidió dejarlo todo tal cual estaba. Hoy la panadería sigue abriendo, el pan sigue saliendo caliente, pero esa silla permanece reservada para una gata que, sin saberlo, se volvió el alma del barrio.

