El 24 de junio de 2026, Lucas Trejo entrenaba en Caracas cuando un doble sismo derrumbó el edificio en Playa Grande donde vivían su esposa Yanina y sus dos hijos, Aarón de 7 años y Ainhoa de 5.
Él estaba concentrado con su equipo para un partido. Ellos, solos en el apartamento familiar.

Cuando supo lo que había pasado, salió corriendo hacia La Guaira, a 18 millas de la capital.
Lo que encontró fue, en palabras de su cuñado, “una escena horrible”. No quedaba absolutamente nada del edificio.
Trejo intentó levantar los escombros con sus propias manos. Se aferraba a una posibilidad: a esa hora, sus hijos solían estar en entrenamientos. Quizás no estaban adentro.
Sí estaban.
Tras tres días de búsqueda, encontraron los cuerpos sin vida de Yanina, Aarón y Ainhoa.
Un mes después, Lucas abrió su Instagram y escribió una carta. No para llorar en público. Para decir algo más difícil que el dolor.

“Hace un mes me tocaba vivir el peor momento de mi vida. Lo único que me aterraba, perder a mi familia. Me tocó buscar en un edificio derrumbado completamente a mi esposa y mis dos hijos, sabiendo que ya estaban sin vida.”
Y sin embargo, siguió.
“Decidí hacerlo desde la fe, creyendo que podían estar vivos.”
Agradeció a quienes lo acompañaron en las primeras 72 horas: “Dios los envió para arroparme y sostenerme. Sin ustedes, no hubiera podido soportar tanto dolor. Nunca estuve solo.”
Y al final de la carta, escribió algo que no esperaba nadie.
“La vida de ellos no va a ser en vano. Lo que comenzamos junto a mi esposa Yanina y mis hijos Aaron y Ainhoa, se va a continuar. Nos vemos pronto Venezuela.”
Un hombre que perdió todo prometió volver al lugar donde lo perdió.
Eso no se llama recuperarse. Eso se llama amar sin condición. ![]()
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