En 2011, Guinness confirmó a Pauline Potter como la mujer viva más pesada del mundo: 291,6 kilos.
Para casi cualquiera, un récord es motivo de orgullo. Para ella fue una medida desesperada. Quería que el mundo la mirara, porque creía que solo así alguien le tendería una mano.
Vivía en California, y desde que se le hincharon las piernas ya no podía caminar. Se movía en scooter. Había días en que no alcanzaba a vestirse sola.

En 2015 apareció en My 600-lb Life. Pesaba casi 317 kilos y se operó el estómago. La recuperación fue dura, pero no se rindió. Años después publicó una foto suya con unos cuantos kilos menos. Había dejado atrás unos 147 kilos y había recuperado algo más grande que el peso: la certeza de que podía cambiar.
De todo lo que se dijo de ella, hay una cita que no pudimos confirmar. La que dice que supo del récord y quedó en shock. No es textual, no es suya hasta que alguien la pruebe. Lo único seguro es que ella buscó esa mirada. Y la usó para empezar.

En enero de 2025, un accidente de auto en una carretera oscura de California le dejó costillas rotas y una herida profunda en la pierna. En junio, ya no retenía la comida. En agosto, los exámenes mostraron una obstrucción en el esófago. También enfrentó el COVID-19. Pasó meses entre hospitales y rehabilitación.
El 27 de noviembre de 2025, día de Acción de Gracias, Pauline murió. Tenía 62 años. Su hijo Dillon, que la cuidó hasta el final, dio la noticia en un video.
Pidió que el mundo la viera para poder levantarse. Se levantó. Y se fue sabiendo que lo había intentado todo.

