Cuando Kim Jong Il murió en diciembre de 2011, Corea del Norte decretó 11 días de duelo obligatorio. No bastaba con guardar respeto: el país entero debía parecer destrozado. Millones de personas hicieron fila en plazas y frente a estatuas de bronce, donde las transmisiones estatales mostraron multitudes gritando y llorando sin control. Durante el cortejo fúnebre final, a los asistentes se les prohibió usar guantes, gorros o bufandas, de modo que quienes los vigilaban pudieran confirmar con facilidad sus lágrimas.

Todo lo demás quedó suspendido: el entretenimiento, el alcohol, el ocio e incluso ir a comprar alimentos. Y hay un detalle que lo vuelve aún más inquietante: quienes perdieron a un familiar en esos días no podían llorar a su propio muerto en voz alta.

Según reportes de Daily NK, mostrar poco dolor se trataba como un delito político grave. Los vecinos y la policía secreta vigilaban las sesiones de duelo, y quienes faltaban o parecían poco afligidos se arriesgaban a al menos seis meses en campos de trabajo o a una humillante autocrítica pública. Los reportes añaden que la falta de respeto abierta o romper las prohibiciones podía acabar en ejecución o en el destierro de familias enteras a provincias remotas.

