Cuatro estudiantes de la Universidad Estatal de Carolina del Norte se juntaron en un programa de emprendimiento de ingeniería con una idea para combatir las drogas que alguien disimula en una bebida: un esmalte de uñas que cambia de color si detecta sustancias como GHB o Rohypnol. Su empresa se llama Undercover Colors, y la promesa era sencilla: revolver el trago con un dedo.
“Cualquier mujer podrá asegurar su seguridad con discreción con solo remover su bebida con el dedo”, explicaron. “Si su esmalte cambia de color, sabrá que algo anda mal.” La propuesta pareció práctica porque los kits que existen para analizar tragos son voluminosos y difíciles de sacar en un bar sin que nadie lo note. La noticia sumó cientos de miles de likes y compartidos en Facebook y X.

Entonces llegó la crítica, y no de donde se esperaba: desde el activismo contra la violencia sexual. La periodista Jessica Valenti agradeció la intención de los jóvenes, pero advirtió que todo lo que pone sobre las mujeres la carga de evitar una agresión “no ve el punto”. Otras voces señalaron que sumar un paso más a la lista de precauciones puede alimentar la culpa hacia las víctimas, y que la mayoría de las agresiones se vincula más con el alcohol que con estas drogas. Su propuesta: enseñar que tener sexo con alguien demasiado ebrio para consentir es violación.
¿Debe la prevención empezar por las mujeres o por quienes agreden?

