Dallas Wiens tenía 25 años y trabajaba en construcción en Fort Worth, Texas, cuando la plataforma elevadora que operaba rozó un cable de alta tensión. La descarga le quemó el rostro por completo y lo dejó en coma durante tres meses.

Durante los dos años y medio siguientes, los médicos intentaron reconstruirlo con 22 cirugías distintas. Ninguna devolvió lo esencial: al final, Wiens no tenía labios, ni párpados, ni cuencas oculares definidas, solo piel injertada de otras partes de su cuerpo y una perilla como único rastro reconocible.

El 14 de marzo de 2011, un equipo de más de 30 personas entre cirujanos, enfermeros y anestesiólogos del Hospital Brigham and Women’s, en Boston, trabajó durante más de 15 horas para darle un rostro nuevo, con piel, músculos y nervios capaces de moverse otra vez. El doctor Bohdan Pomahac, quien lideró la operación, conservó ciertas zonas de piel periorbital para sostener futuras prótesis oculares. Wiens se convirtió así en el segundo paciente en recibir un trasplante facial en ese hospital, después de James Maki, quien había sufrido un accidente similar en 2005 al caer sobre las vías electrificadas del metro.

