Antes de los Óscar, antes de Wall Street y de Taxi, dos veinteañeros pagaban 75 dólares al mes por un piso en Manhattan.
Michael Douglas acababa de graduarse y llegaba a Nueva York con un apellido pesado: era hijo de Kirk Douglas. Danny DeVito era un actor más buscándose la vida. Según contó Douglas, se conocieron en 1967 en una playa frente al Long Island Sound, cuando un hombre de pelo largo se le acercó a preguntarle si fumaba marihuana. “Éramos dos fumones del 67, así que nos fumamos un porro y ese fue el comienzo de una larga, larguísima amistad”, recordó en Cigar Aficionado.

De ahí a compartir techo hubo un paso. Y la convivencia dejó anécdotas: DeVito aseguró que Michael hacía la colada, Douglas bromeó con que su amigo era el desordenado, y un calcetín colgado en la puerta avisaba cuando alguno necesitaba privacidad.
Lo que más valora Douglas es otra cosa: DeVito “nunca me trató como el hijo de una estrella de cine”. Esa confianza de los años sin nada los acompañó después a Romancing the Stone, Jewel of the Nile y The War of the Roses, y hasta The Kominsky Method. Hoy, con 81 años cada uno, Douglas lo llama “Danny D” y su “amigo más antiguo en el negocio”.
