El 26 de abril de 2017, Davis Allen Cripe entró a clases en Spring Hill High School, en Chapin, Carolina del Sur, como cualquier otro día. Tenía 16 años, estaba en perfecta salud y no tomaba ningún medicamento. Antes de que terminara la jornada, colapsó frente a sus compañeros. Murió una hora después en el hospital Palmetto Health Parkridge.

El forense del condado de Richland, Gary Watts, confirmó que la autopsia no encontró ninguna condición cardíaca preexistente, ni rastros de drogas o alcohol. La causa oficial fue un evento cardíaco inducido por cafeína con probable arritmia. En menos de dos horas, Davis había tomado un Mountain Dew grande, un café latte de McDonald’s y una bebida energética: aproximadamente 470 mg de cafeína en una sola sentada. La FDA establece 400 mg como umbral diario de seguridad para adultos sanos. Davis superó ese límite en minutos, no en horas, y su sistema cardiovascular —todavía en desarrollo— no pudo soportar el pico.

Watts convocó una conferencia de prensa expresamente para difundir el caso. El padre de Davis, Sean Cripe, estuvo presente y pidió que la historia se contara. El forense fue preciso: Davis no hizo nada que le pareciera peligroso. Ahí está el problema. La cantidad importa, pero la velocidad con que se consume importa igual o más.

