Alejandro tenía 17 años, 12 dólares en el bolsillo y una nevera. Nada más.

De niño, en el colegio de Barranquilla, vendía dulces y láminas de fútbol entre clases, y los profesores se los quitaban una y otra vez. Pidió permiso al rector para vender de forma oficial. Nunca se lo dieron. Pero esa terquedad no se le fue con los años.

Cuando terminó el colegio, su abuela le dio un consejo que lo cambió todo: “Mijo, haga lo que más se vende, que son las empanadas.” A él le daba pena salir a vender en la calle, hasta que encontró la frase que hoy repite como lema: “La pena no da plata.”

Las primeras empanadas casi no se vendían — las hacía al estilo Bogotá y ahí no gustaban. Ajustó la receta, tocó puertas en colegios hasta que uno le dijo que sí, y de a poco llegó a contratos con 12 instituciones y más de 1.000 empanadas diarias. Nació La Garosa, con las iniciales de su propio nombre. Convenció a su papá de dejar su empleo para emprender juntos, y en plena pandemia lo perdió por Covid-19. Hoy, a los 25 años, dirige 3 locales y da trabajo a más de 80 personas — y ya prepara su salto a Estados Unidos, Panamá y México.

