Nilofar Ayoubi tenía apenas 4 años cuando un desconocido la golpeó en la calle por no usar velo. Después de eso, su padre tomó una decisión extrema: le cortó el pelo y le dijo a su madre que la vistiera como niño. No era un juego ni una travesura, era la única forma que encontró para que pudiera moverse con más libertad bajo el primer régimen talibán.
A partir de entonces, Nilofar pasó a ser vista por el resto del mundo como un niño. En Afganistán existe incluso un nombre para esta práctica: bacha posh, que significa algo así como “vestida como niño”. Algunas familias recurren a ella para que sus hijas puedan acceder a libertades que muchas veces les son negadas por el simple hecho de haber nacido mujeres.

Así vivió casi diez años. Podía acompañar a su padre al mercado, jugar en la calle, andar en bicicleta y practicar deportes como judo y karate. Mientras tanto, sus hermanas tenían que ajustarse a normas mucho más restrictivas. Para Nilofar, la diferencia era imposible de ignorar: bastaba cambiar de ropa para que el mundo la tratara de otra manera.
Pero la situación no podía durar para siempre. Cuando llegó la adolescencia y comenzó a menstruar, tuvo que volver a presentarse como mujer. De un día para otro perdió libertades que había considerado normales durante gran parte de su infancia, una experiencia que más tarde describiría como profundamente difícil.

Con los años logró abrirse camino como empresaria y creó oportunidades laborales para otras mujeres afganas. Sin embargo, tras el regreso del Talibán al poder en 2021, tuvo que abandonar el país por razones de seguridad. Hoy vive en Polonia y suele reflexionar sobre aquella etapa de su vida. Dice que haber crecido como niño fue una bendición y una maldición al mismo tiempo: le mostró las desigualdades desde dentro, pero también le dio la fuerza para convertirse en la mujer que es hoy.
