Li Meizhen corría un maratón en China cuando el periodo le llegó sin avisar, en pleno pavimento, frente a cientos de personas.
No se detuvo. No pidió disculpas. No buscó un baño para desaparecer un rato. Apretó los dientes y siguió empujando sus piernas hasta cruzar la meta, con la misma dignidad con la que había empezado la carrera.
Lo que vino después fue peor que el sangrado: las redes la destrozaron. “Debió salir de la carrera, qué poco digna”, escribieron, como si un cuerpo que sangra cada mes fuera motivo de vergüenza y no de fuerza. Nadie exige que un corredor abandone por una ampolla o un calambre, pero a ella la juzgaron por algo que ni siquiera eligió. ¿Por qué seguimos avergonzando a las mujeres por funciones básicas de su cuerpo?
