Delilah Dee creció viendo fútbol junto a su abuelo, siempre frente al televisor, sin importar si el partido era en vivo o una repetición que él ya conocía de memoria.
Era un hombre que rara vez mostraba emociones, dedicado por completo a sacar adelante a su familia después de emigrar de Perú.
Un día, todo cambió. El Philadelphia Union le regaló a Delilah boletos para un partido del Mundial en Filadelfia, apenas 24 horas antes del encuentro.
Ella lloró al recibirlos, lloró de nuevo la mañana siguiente, y guardó el secreto hasta pedirle a su abuelo que se preparara para salir.
Él nunca había podido costear una entrada al Mundial por sí mismo. Verlo ahí, en el estadio, entendiendo lo que pasaba, fue la manera de Delilah de devolverle algo después de toda una vida de sacrificios.
Y aunque cumplió un sueño de décadas, lo que más le importó a su abuelo no fue el estadio: fue estar ahí con su primera nieta.
