Mari Carmen tiene 87 años. Vivía en la calle Alcalde Sainz de Baranda, en el barrio de Retiro de Madrid, desde 1956, cuando llegó allí con 17 años de la mano de sus padres.
El contrato lo firmó su padre. Después pasó a su madre, y luego a ella. Setenta años pagando la misma renta, sin faltar un solo mes.
“Yo no he dejado de pagar ni una sola renta”, repetía estos días. Eso es lo que más le dolía: que nunca le debió nada a nadie.

En 2018 el edificio cambió de dueño. La nueva propiedad le ofreció comprar el piso por una cifra que ninguna pensionista puede pagar. Cuando no pudo, llegó la orden de desalojo.
Ganó en primera instancia. Pero el fallo final le dio la razón a la empresa. Su discapacidad, según los jueces, no alcanzaba el mínimo que exige la ley para quedarse.
Cientos de personas durmieron frente a su portal para impedir que se la llevaran. No fue suficiente.

Mari Carmen salió de la casa de toda su vida en una camilla, mientras la gente gritaba en su apoyo.
“Estoy hecha polvo”, dijo después.
Setenta años de recuerdos se quedaron dentro de esas paredes. A los 87 años, tuvo que empezar de cero.

