La mañana del 11 de septiembre de 2001, la piloto de la Guardia Nacional Aérea Heather “Lucky” Penney recibió la orden de despegar desde la base Andrews, cerca de Washington D. C.
Su misión era encontrar al vuelo 93 de United Airlines, uno de los cuatro aviones secuestrados por terroristas de Al Qaeda. El avión se dirigía hacia la capital estadounidense y, según las investigaciones, probablemente tenía como objetivo el Capitolio o la Casa Blanca.

Pero Penney y su comandante, Mark Sasseville, enfrentaban un problema: sus cazas F-16 no tenían misiles cargados. Prepararlos habría tomado demasiado tiempo.
Por eso, ambos pilotos entendieron que tendrían que utilizar sus propios aviones como armas. Sasseville planeaba impactar la parte delantera del Boeing 757, mientras Penney debía golpear la cola para intentar evitar que el avión continuara su trayectoria.
“Yo tomaría la cola”, recordó años después.

Penney aseguró que no sintió miedo. Apenas tuvo tiempo de pensar en lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, cuando llegaron al área donde creían que estaría el vuelo 93, no encontraron ningún avión.

A las 10:03 de la mañana, los pasajeros y la tripulación del vuelo 93 habían intentado recuperar el control de la aeronave. El avión terminó estrellándose en un campo de Pensilvania, antes de alcanzar Washington. Las 40 personas a bordo murieron, pero su acción impidió que el avión llegara a su posible objetivo.
Penney nunca tuvo que cumplir aquella misión. Aun así, durante años evitó hablar de su experiencia porque consideraba que los verdaderos héroes fueron los pasajeros del vuelo 93.
“Lo que hicimos ese día no fue especial. Nosotros no fuimos los héroes”, dijo. “Los pasajeros del vuelo 93 fueron los héroes”.
