E-seul olfateó las cartas una por una antes de tocar una con la pata.
Su dueña, Ryu Su-mi, la rescató hace tiempo, pero desde que la vio desplomarse y ser atendida por paramédicos en su propia casa, la perrita cambió: ahora les teme a las personas vestidas de esa forma. “Quería saber qué pensaba”, contó Ryu, buscando entender ese miedo que su perrita no puede explicarle con palabras.


En una tienda de Gangnam, la tarotista Hwang Soo-kyung interpretó la carta elegida por E-seul: el trauma seguía ahí, pero en proceso de sanar.
Por 14 dólares la sesión, Hwang diseñó un mazo entero para animales, donde una carta con espadas puede señalar hasta un dolor articular.

No es un caso aislado: el 29,2% de los hogares surcoreanos ya tiene mascotas, casi el doble que en 2010, en el país con la natalidad más baja del mundo. Ahí, entre menos cunas y más correas, el tarot para perros dejó de sonar tan descabellado.

