El 28 de agosto de 2013, poco antes de las ocho de la mañana, un chofer de la ruta 4-A de Ciudad Juárez abrió la puerta de su camión. Una mujer subió los primeros escalones y le disparó. Al día siguiente, otro conductor de la misma línea murió igual.
Los testigos hablaron de una mujer de cabello rubio, vestida de negro. Nadie la había visto antes.
Días después, los medios locales recibieron una carta firmada por “Diana, cazadora de choferes”. Decía: “Mis compañeras y yo hemos sufrido en silencio, pero ya no podemos callar más”. Acusaba a choferes del turno de noche de las maquilas de violencia sexual contra obreras. Y advertía que habría más.

La ciudad se encogió. Según AP, de 20 choferes asignados a la ruta 4-A, solo 10 salieron a trabajar. Los camiones iban medio vacíos. Los hombres miraban cada parada con miedo.
Pero hay algo que pesa más que el miedo. Juárez cargaba, desde 1993, con cientos de mujeres asesinadas, muchas jóvenes obreras, halladas en campos y descampados. Para ellas casi nunca hubo una fuerza entera buscando culpables. Para dos choferes, sí.

La Fiscalía difundió un retrato hablado el 3 de septiembre. Investigó la carta. Pero su vocero no descartó un crimen pasional. Es decir, nadie probó que lo que Diana decía fuera cierto.
Nunca se confirmó quién era. Nunca se supo si la carta era suya.
Lo único seguro es que, en esa ciudad, alguien firmó con un nombre de mujer lo que otras no pudieron decir.

