Eran las primeras horas del sábado en La Unión, Chile, cuando un auto arrasó a la salida de la discoteca Euforia.

Edmara Molina Rogel, de 24 años, y Kesia Burgos Tejeda, de 34 y madre de dos hijos, murieron en el lugar. Seis personas más quedaron heridas.


El conductor no se detuvo.
Horas después, la policía llegó hasta la casa de Matías Villegas Carrasco, de 25 años, arquero de un club de fútbol de Osorno, porque el vehículo estaba a nombre de su padre.

El hombre le preguntó a su hijo qué había pasado con el auto. Villegas respondió que “lo habían chocado” y volvió a dormir, sin dar más explicaciones.
Su propio padre fue quien lo entregó a la policía. El alcotest marcó 1,59 gramos de alcohol por litro de sangre pese a las seis horas transcurridas, y los exámenes detectaron antidepresivos en su organismo.


La fiscal Leyla Chahín lo formalizó por dos homicidios simples, seis lesiones y abandono del lugar sin auxiliar a las víctimas.
El Juzgado decretó prisión preventiva y hoy permanece en la cárcel de Valdivia.
¿Hizo lo correcto el padre al entregarlo, o la familia debía protegerlo aunque hubiera cometido el delito?
