
Los médicos de Queen’s University, en Kingston, Ontario, estaban revisando la ecografía de un paciente de 45 años con un dolor testicular fuerte cuando algo los frenó en seco.
En la pantalla había un rostro. Un contorno masculino con la mirada hacia arriba y la boca abierta, como si el pobre también estuviera sufriendo. Los urólogos Gregory Roberts y Touma Naji lo contaron después en la revista Urology, y lo compararon con esas caras de santos que aparecen en una tostada o en un sándwich de queso. Es un ejemplo de pareidolia, el fenómeno que hace que el cerebro encuentre rostros y otras formas reconocibles en imágenes o patrones donde en realidad no existen, como cuando una mancha, una nube o una superficie de comida nos parece tener una cara.
Hasta hubo un breve debate sobre si era una señal divina. Pensaron en Min, el dios egipcio de la virilidad masculina, antes de concluir por consenso que era pura coincidencia. El tumor resultó benigno y los médicos extirparon el testículo.
La ciencia llamó casualidad a lo que, vista en la pantalla, parecía un grito en pleno diagnóstico.
