Dolly Parton nunca olvidó de dónde venía.
Creció en Locust Ridge, Tennessee, en una cabaña sin electricidad ni agua corriente, la cuarta de doce hermanos criados entre carencias. Su padre, Robert Lee, trabajaba la tierra y ni siquiera sabía leer. Su madre, Avie Lee, cantaba viejas melodías de los Apalaches mientras sostenía la casa a pulso. Ahí aprendió Dolly que el amor no necesita billetes para existir.

Cuando por fin llegó su primer sueldo grande como compositora en Nashville, no lo pensó dos veces: le compró a su padre una camioneta azul que él jamás quiso cambiar por otra, y a su madre un Cadillac que renovaba cada pocos años, hasta el último, dorado, que Dolly conservó como una reliquia. “Siempre fue mi deseo hacer algo grande por mi familia”, contó ella misma años después.


Esa camioneta sigue en la familia. Dolly, que murió a los 80 años dejando un legado de canciones y generosidad, decía que ese fue su mayor orgullo: poder devolver, aunque fuera un poco, todo lo que sus padres le dieron sin tener nada.

