Gabriel Barros tenía 16 años cuando le contó a su padre que era gay.

La respuesta fue una orden: que se fuera de casa. Sin apoyo, el joven pasó los años siguientes entre albergues y casas de amigos, y durante seis años no tuvo contacto con su familia.
A comienzos de este año, el padre recibió un diagnóstico de insuficiencia renal crónica avanzada y necesitaba un trasplante con urgencia. Ningún otro familiar era compatible. Cuando Gabriel, que ya tenía 22 años y vivía en Río de Janeiro, supo lo que ocurría, no dudó en hacerse la prueba. El resultado fue positivo.

La operación se realizó el mes de junio en un hospital público del interior de Pernambuco. El riñón comenzó a funcionar con normalidad en el cuerpo del padre, que se recupera poco a poco. Gabriel, en cambio, sufrió una hemorragia interna seguida de una infección generalizada, y murió días después.
Según los familiares, el padre no asistió al velorio ni al funeral. Dijo que su hijo aún estaba débil por la cirugía y necesitaba cuidados continuos.
