Hay cuerpos que se rinden a la primera derrota. Y hay personas como Lisa Myers, que después de perder dos riñones, de diez años enteros de diálisis y de una enfermedad que le llenó la piel de ampollas, todavía tuvo fuerzas para volver a intentarlo una tercera vez.

Todo empezó en 1995, con una hinchazón en los pies que Lisa, entonces treintañera, casi no tomó en serio. Al otro día la orina parecía agua jabonosa. El diagnóstico fue duro: síndrome nefrótico, sus riñones estaban fallando. Ella decidió no rendirse: se hizo enfermera y sostuvo su salud renal diez años con dieta, ejercicio y medicación.
En 2005 llegó lo inevitable: diálisis peritoneal y la lista de espera para un trasplante. La llamada llegó rápido, apenas cuatro meses después. Pero tres años más tarde, ese primer riñón empezó a fallar.
Sus propios compañeros de trabajo se ofrecieron como donantes. Una de ellas, compatibilidad perfecta. Pero antes de la cirugía, Lisa desarrolló una rarísima enfermedad autoinmune que le llenó el cuerpo de ampollas. Superó eso también. Se operó en 2009. Y ese segundo riñón, después de una hemorragia y un mes entero peleando por salvarlo, tampoco resistió. Volvió a diálisis. Volvió a empezar.
Recién en 2018, mientras terminaba una maestría, una amiga le sugirió anotarse en un segundo centro de trasplantes. Puso una sola condición antes de entrar en la lista: graduarse primero. Lo cumplió. Y la llamada volvió a sonar.
Cuando despertó de esa tercera cirugía, vio algo que no veía hacía diez años: una bolsa con orina. El riñón funcionaba. Se volvió a dormir, tranquila, por primera vez en mucho tiempo.
“A la tercera va la vencida”, dijo después. Hoy, cuatro años más tarde, ese riñón sigue funcionando. Lisa es enfermera escolar, hace voluntariado y empezó terapia para sanar lo que la diálisis no pudo tocar.
Perdió dos veces. Pero jamás dejó de pelear por la tercera.
