Phyllis Day tiene 87 años, Alzheimer y problemas de audición. Esa noche de jueves en Wigston, Inglaterra, dormía sin sus audífonos mientras el fuego avanzaba desde la parte trasera de su casa. No escuchó nada. Ni las alarmas, ni los gritos.

Sus vecinos sí vieron las llamas. Corrieron hasta la puerta y empezaron a golpear, sin saber que quien les respondía por la cámara del timbre era Suzanne Wright, la hija de Phyllis, conectada desde su propia casa a ocho kilómetros de distancia. Wright les dio el código de una caja de seguridad junto al portón trasero. Pav Sarpal, de 28 años, y Stephan Smart, de 44, entraron entre humo espeso sin saber qué encontrarían arriba.

Encontraron a Phyllis dormida, mirándolos como si fueran a robarle. La despertaron con calma, le explicaron lo que pasaba y la sacaron de la cama justo a tiempo. Los bomberos creen que una falla eléctrica en la cocina originó el incendio, que dejó carbonizada la planta baja. Phyllis ahora vive con su hija. Wright solo repite una frase: cree que deberían nombrarlos caballeros.

