En 1995, en Omaha, Adam DeVine tenía 11 años y esperó a que pasaran tres camiones antes de cruzar la calle en su bicicleta. Nunca vio el cuarto. Las primeras dos ruedas de un camión de cemento de 42 toneladas lo atropellaron y lo arrastraron 150 metros.

Cayó en coma y despertó dos semanas después con cada hueso de ambas piernas fracturado, la piel desgarrada, un pulmón colapsado e infecciones avanzando. Los médicos no sabían si volvería a caminar o si tendrían que amputarle las piernas. Sobrevivió, según le dijeron después, porque la bicicleta absorbió el primer impacto. Vinieron 26 cirugías en dos años y tuvo que reaprender a pararse, sentarse y caminar desde cero.

Cuando regresó a la escuela, sus compañeros se burlaron de las cicatrices que le quedaron. El sueño de ser beisbolista profesional había muerto en el asfalto. Pero Adam encontró otra salida: empezó a contar chistes para desviar la atención de su cuerpo herido, y llamaba a radios locales a hacer imitaciones de celebridades mientras se recuperaba. Ese refugio se convirtió en el inicio de su carrera como comediante.

