Roberto Carlos no compró relojes ni ropa. Con el dinero de su primer sueldo como futbolista fue directo a buscar una lavadora para su madre, que durante años lavó ropa a mano en tablas de madera, en las fincas de Brasil.

Cuando se la entregó, ella lo abrazó tan fuerte que ahí entendió el verdadero peso del sacrificio. También le llevó un regalo a su padre: no un coche, sino una bicicleta.

Porque en su casa el lujo nunca fue la meta, el gesto sí lo era. Años después, ya convertido en una leyenda del fútbol mundial, sigue repitiendo la misma frase.
Por eso, aunque llegué a los estadios más grandes del mundo, nunca olvidé de dónde vengo: de una casa humilde, donde el amor se medía en esfuerzo”, sentenció el brasileño.
