Bandit no sonreía en esa jaula.
Su cara en el refugio casi que decía “gracias por visitarme, que tengas una linda vida” — la despedida triste de un perro que veía pasar familias sin que ninguna lo eligiera. Los ojos apagados, las orejas caídas, esa quietud de quien ya se acostumbró a que lo dejen atrás.
Hoy Bandit vive con su familia, duerme con un peluche de Stitch que no suelta ni en la playa, y mira los atardeceres con la misma cara con la que antes solo miraba paredes de cemento. Sus dueños lo llevan a todos lados porque, dicen, los animales también merecen ver el mundo.
No hizo falta más que una oportunidad para que ese perro triste se convirtiera en el compañero más feliz de la casa.
