No era un simple pliegue de piel ni una malformación cualquiera: tenía músculo, terminaciones nerviosas y hasta vértebras rudimentarias en su interior, envuelto en una punta redondeada como una pequeña esfera.

El apéndice medía 12 centímetros y colgaba justo encima del coxis.
Los médicos que atendieron el parto en Brasil se encontraron ante uno de los casos más raros de la medicina moderna, uno de los pocos documentados en el mundo de lo que se conoce como ‘cola humana verdadera’ o vestigial.

A diferencia de las pseudocolas, que solo son tejido graso sin estructura interna, este apéndice se movía con reflejos propios cuando lo tocaban.

Los especialistas explican que se trata de un resto evolutivo, una pieza que el desarrollo embrionario debería haber reabsorbido semanas antes del nacimiento y que, en este caso, quedó ahí, visible, uniendo por un instante al recién nacido con un pasado que la especie humana lleva millones de años dejando atrás.

