Tim Lancaster tenía 42 años y volaba tranquilo rumbo a Málaga cuando el parabrisas de su cabina simplemente desapareció.

La despresurización lo succionó hacia afuera en una fracción de segundo. Solo sus piernas quedaron dentro del avión mientras el resto de su cuerpo colgaba a 5.000 metros de altura, con vientos helados de 17 grados bajo cero golpeándolo sin descanso. El auxiliar de vuelo Nigel Ogden no dudó: se lanzó sobre los controles y lo sujetó por la cintura con todas sus fuerzas, mientras el copiloto Alastair Atchison tomaba el mando y pedía auxilio por radio.

Así pasaron más de veinte minutos, los más largos de sus vidas. Cuando el avión finalmente aterrizó, Lancaster seguía vivo, con fracturas y hematomas, pero vivo. La investigación después reveló algo que te hiela la sangre: el parabrisas había sido montado con pernos equivocados porque el jefe de mantenimiento no tuvo tiempo de revisar el manual.

