En la noche del 7 de noviembre de 1974, Richard John Bingham, séptimo conde de Lucan, se ocultó en la oscuridad de la cocina del sótano de su propia casa en Belgravia, Londres. Esperaba a su esposa, de quien estaba separado. Quien bajó las escaleras fue Sandra Rivett, 29 años, niñera de sus hijos. La golpeó hasta matarla. Cuando cayó en la cuenta del error, atacó a Lady Lucan, que logró escapar, llegó a un pub cercano y gritó: “Asesinó a la niñera, ayúdenme”.

Lo que vino después es aún más perturbador. Lucan fue visto por última vez en casa de unos amigos en Sussex, donde escribió cartas alegando inocencia y describiendo la noche como una “serie de increíbles coincidencias”. Tres días más tarde, apareció su auto abandonado en la costa sur de Inglaterra: en la tapicería había sangre de la víctima, y en el maletero, un tubo de plomo idéntico al arma homicida. El conde, no. El tribunal forense tardó 31 minutos en declararlo culpable de asesinato en ausencia. Desde entonces, ha habido avistamientos suyos en todos los continentes excepto la Antártida.

Lo que nunca se resolvió del todo es si actuó solo o si su círculo de amigos adinerados lo sacó del país. Su socio John Aspinall declaró en 1994 que habría hecho “lo que fuera” por él. Una exasistente afirmó haber reservado vuelos a África para los hijos mayores de Lucan, para que su padre pudiera observarlos en secreto desde la distancia. En el centro de todo este laberinto de teorías permanece Sandra Rivett, a quien muchos ni siquiera llaman por su nombre.


