Jesser Cervantes solo quería pescar cerca de la isla de Puerto Princesa, en Palawan, Filipinas.

El 10 de julio, algo se aferró a su cara y no pensaba soltarlo. Un pulpo extendió sus ocho brazos alrededor de su cabeza, sus ventosas se pegaron a la piel como discos de goma, y una de ellas terminó sellándole la boca. Cervantes intentó despegarlas una por una, sin éxito. Tuvo que tomar un trozo de bambú y golpear repetidamente al animal hasta lograr aflojar su agarre.
“El pulpo que atrapé era muy difícil de manejar. Casi me desgarra la cara”, contó después de devolverlo al agua y recuperar el aliento. Según explicó, este tipo de forcejeos son más comunes de lo que parece: muchos pulpos reaccionan igual apenas son capturados, aferrándose con la misma fuerza que usan para sujetarse a las rocas.
