

El buitre cabecirrojo carga en su interior algo que parece sacado de un laboratorio de armas químicas.
Su estómago tiene un pH cercano a cero: más corrosivo que el ácido de una batería de auto y cien veces más concentrado que tus propios jugos gástricos. Gracias a eso puede comer cadáveres en pleno estado de descomposición, cargados de bacterias que matarían a casi cualquier otro animal en horas.
En cuestión de minutos, esa acidez extrema destruye patógenos letales como el ántrax, la rabia, el botulismo y el cólera. No es exageración: cada vez que uno de estos buitres termina de comer, está evitando que esas enfermedades salten al ganado, a otras especies o incluso a ti.
Lejos de la imagen de mal augurio que históricamente cargan, son uno de los sistemas de control sanitario más eficientes que existen en la naturaleza, y funcionan gratis, todos los días, sin que nadie se los agradezca.

