Matthew Lambert usó su placa como si fuera una llave maestra. Mientras ejercía como detective del NYPD en Nueva York, envió mensajes de coqueteo a dos mujeres a las que debía proteger como víctimas activas en casos bajo su investigación. En marzo de 2024, mientras se suponía que indagaba el robo de un paquete, comenzó a flirtear directamente con la víctima del caso. Pero ahí no terminó todo.

El hecho más grave ocurrió cuando Lambert tuvo relaciones sexuales con una mujer apenas horas después de haberla arrestado él mismo. Una persona en estado de máxima vulnerabilidad, bajo la autoridad directa del hombre que acaba de esposarla. El fiscal del Distrito de Manhattan, Alvin Bragg, lo calificó sin rodeos como un abuso de poder inaceptable para cualquier miembro de las fuerzas del orden.

Lambert renunció al NYPD en diciembre de 2025 y se declaró culpable de mala conducta y recepción de gratificaciones ilegales. La condena: dos años de libertad condicional y la inhabilitación permanente para ejercer como policía en cualquier rincón del estado de Nueva York. Sin prisión. Sin cárcel. Para el fiscal Bragg, un abuso de poder. Para muchos, una sentencia que deja abierta una pregunta incómoda: ¿qué tan diferente habría sido el resultado si el acusado no hubiera llevado una placa?

