
En Kapandriti, cerca de Atenas, un apicultor llamado Isidoros Timinis tiene una costumbre que repite hace diez primaveras: desliza pequeños íconos de Cristo, la Virgen y distintos santos dentro de sus colmenas.
Y cada año pasa lo mismo. Las abejas construyen su panal alrededor de las imágenes, celda por celda, pero jamás cubren los rostros pintados. Un monje ortodoxo llamado Simon probó algo parecido con un ícono de la Crucifixión: las abejas taparon con cera al ladrón que rechazó a Cristo, pero dejaron descubiertos el rostro de Jesús y el del ‘buen ladrón’.
Nadie ha logrado explicarlo con certeza. No existe estudio científico que confirme por qué estas abejas, año tras año, esquivan justo esas caras. Solo quedan las fotos, y la pregunta abierta de si es puro azar en la textura de la pintura o algo que todavía no entendemos del todo.


