Algún día, dentro de muchos años, alguien preguntará cómo era ver jugar a Cristiano Ronaldo. Y no va a alcanzar con los números.
Habrá que explicarle que existió un hombre que se negó a envejecer, que le declaró la guerra a los límites del cuerpo y la ganó durante veinte años. Que saltaba y se quedaba suspendido en el aire un segundo de más, como si la gravedad le pidiera permiso.

¿Cómo lo recordaremos?
No solo por los mil goles ni por los cinco Balones de Oro. Lo recordaremos por lo que había detrás: la obsesión. El último en irse del entrenamiento. El que convirtió la palabra “trabajo” en un talento más. El niño pobre de Madeira que decidió, contra todo pronóstico, ser el mejor del mundo, y lo fue.
Se despide el jugador. Pero la era que se termina no es la de un futbolista: es la de una manera de entender la ambición. Él y Messi nos malacostumbraron a lo imposible cada fin de semana, durante casi dos décadas. A partir de ahora, todo lo que veamos será, apenas, muy bueno.

Lo recordaremos como se recuerda a los que ensanchan lo posible. Como la prueba viviente de que el talento sin límites existe, pero se llama disciplina.
Gracias por la era, Cristiano. No habrá otra igual. 🇵🇹
